3.2.06

Descenso - 2. Obsesión.



- No quiero volver a secar mis lágrimas esta noche. Estoy cansada y con hambre, llevo caminando más de cuatro horas y seguro que me estarán buscando, pero no me importa. Me refugié en este cementerio dentro de un mausoleo, a nadie se le ocurriría en una noche como esta buscar aquí... Por momentos siento como debe saborearse la libertad, el poder de elegir cada movimiento que realice mi cuerpo sin tener que soportar el yugo del miedo nunca más... Esta lluvia no es más que la sinfonía que el mundo me dedica como recompensa a mi libertad, pero siempre es mejor que el dolor de golpes, crueles, sin sentido, no me arrepiento. La carencia de toda apelación a la felicidad que se me ha sido negada por algún motivo que no sé. Tenía 21 años cuando me casé, feliz y enamorada, con Jorge. Un chico que me daba todo aquello que se necesita cuando conoces por primera vez el amor; dulzura, cariño, comprensión, diversión... Pero el temible día que firme mi encarcelamiento ante un altar, lo desconocía por completo. Jorge era una persona reservada en muchos aspectos de su personalidad, ahora entiendo mejor que debí indagar más sobre más cosas de él. Nos compramos una casa en una urbanización a las afueras de la ciudad, recién casados todo era nuevo y dulce. El compartir una cama, un café por las mañanas, el aseo, ver la televisión juntos... Pero al paso de los meses como pareja yo me relajé, tenía ganas de ver a mi familia, amigos, salir de vez en cuando, pero Jorge cada vez que le proponía hacer alguna de estas cosas se negaba y mucho peor cuando decía de hacerlas sin él, se enfurecía.
- ¡Seguro que quieres perderme de vista para irte con el primero que te plazca! Me decía él chillando, con ojos coléricos. Por supuesto al principio intentaba entenderlo más, me quedaba en casa con él, sin salir a ningún sitio, haciendo de buen ama de casa pero sentía que mi libertad en su compañía era totalmente privada de mí. Cuando él estaba trabajando, yo hacía la casa y no tenía coche para bajar a la ciudad. Llamaba a mis amigos pero no podían desplazarse porque también trabajaban y cuando me pedían de quedar en la ciudad, simplemente se oponía mi marido. Yo no podía ya soportar esa situación, así que reivindiqué mi derecho de libertad frente a Jorge, una mañana de domingo durante el desayuno le dije que no podía seguir sin ver a más gente que no fuera él, que el amor que sentía por él no estaba en peligro por el simple hecho de que yo quisiera hacer cosas, como trabajar o estar tomando café tranquilamente con mi familia o amigos... Él estaba todo el rato en silencio, su cara era una estatua que no expresaba ni un solo sentimiento, pero con una mirada muy fría me dijo: - El estar con todo el mundo menos conmigo te parece lo más grande, ¡puta asquerosa desagradecida! Yo te doy todo lo que necesitas. ¡Acaso de que te hayas cansado de recibirlo de mí! ¡Creo que ya sé lo que hacer para que te des cuenta de lo mucho que te quiero! - su voz era pausada y algo cínica, se giró lentamente hasta darme la espalda por completo, yo estaba helada, nunca había visto tanta coordinación en las palabras, tal templanza, templanza que parecía ese soplo de viento que sucede cuando revienta una tormenta, así fue, en otro giro pero muy rápido noté un golpe muy fuerte en la cara, luego la oscuridad...
Me desperté en el trastero de la casa, desnuda y ensangrentada por varios cortes en mi cuerpo, ¿pero que había hecho Jorge? Una pequeña luz en un portalámparas era mi sosiego y el frío se me metía en el cuerpo ¿o era el miedo? Pasaron las horas con interminables sollozos y gritos pero nadie acudía en mi ayuda, ni siquiera aquel monstruo que dios sabe que locuras había cometido mientras yo yacía inconsciente. Al cabo de casi un tiempo inmensurable ya para mí, se abrió la puerta lentamente. Un frío más grande recorrió todo mi cuerpo, era Jorge con una sonrisa casi endiablada, me miró de arriba a abajo de una manera muy fría y me dijo: - ¡Has aprendido ya la lección! ¡Conmigo no puedes jugar! - Pero por dios Jorge esto no está bien, necesitas ayuda, no se como expresar lo que me has hecho. ¡Eres otro! ¡No te reconozco! Dije yo entre lágrimas y lamentos. - Veo que todavía no acabaste por ver todo lo que siento por ti, será mejor que te deje sola para que pienses en ello, pero antes de eso... ¡Tienes que recordar! - dijo serio y cínico mientras me golpeaba la cabeza. - ¡Entiendes, eh! Recuerda... - no cesaba de golpearme - Pero que quieres que recuerde por el amor de dios, suéltame y hablemos Jorge, mírame y deja de pegarme. Cada golpe me apartaba más de la realidad, incluso llegó un momento que no me importaron los golpes, sólo aquellos ojos que me miraban con furia.
Me quedé en la oscuridad de aquel cuarto. No podía ver. Perdí el conocimiento varias veces, supongo por lo hambrienta que me sentía. Reía y lloraba al mismo tiempo. La locura de lo que estaba viviendo se apoderaba de mi. El amor no podía haber provocado todo aquello... La obsesión, que se había apoderado de él había convertido un hombre en un monstruo. Mis manos estaban cubiertas de sangre y sudor. Después de perder un rato más el conocimiento note que las cuerdas estaban flojas. Me deshice de las cuerdas y me quite la de los pies. Me levanté y abrí la puerta. Todo estaba a oscuras con un silencio aterrador. Vi una luz al fondo del pasillo que provenía del comedor... Me acerque con cuidado... En el comedor estaba la mesa puesta y la luz era la de unas velas de color rojo, me las regaló Jorge antes de casarnos, decía que el día que las encendiéramos sería para una despedida... Estaba helada, vi que en una de las sillas había un camisón de color blanco. Me lo puse temblando. No escuchaba nada, ningún sonido... Cogí uno de los cuchillos de la mesa y me lo guardé debajo de la manga... Oí un ruido en la puerta de la cocina... Me acerqué furiosa con el cuchillo en las manos, lo alcé, y cuando se abrió la puerta acuchillé a alguien, una y otra vez, apreté mis ojos y cerré más el mango del cuchillo en mi mano. Cuando abrí los ojos vi a Jorge cubierto de sangre con una carta en las manos... Cogí la carta y salí de la casa corriendo, más y más hasta que llegué aquí... Todavía la carta está en mis manos arrugada y mojada con algo de sangre en una de las caras...abro la carta y empiezo a leer:

Hola cariño,

Tengo algo que confesarte. Se que estás triste, angustiada, asustada y que debes odiarme. Pero cuando nos conocimos yo tenía un largo y oscuro pasado que nunca te conté por miedo a perderte. A los siete años me diagnosticaron esquizofrenia paranoide y creo que he tenido una crisis contigo amor mío. Sé que estás hambrienta y dolorida. Te desaté las cuerdas y preparé algo de comida. Habrás visto las velas rojas, recuerdas cuando te las regalé. Pues sabrás que este es el final. Quédate con la casa. Yo me marcho para no volver nunca y espero que seas muy feliz. Una cosa apaga las velas con los dedos, no con un soplo, recuerda que sino se desvanece el alma.

No puedo pedir perdón por lo que he hecho pero lo siento.

Jorge.

Sé feliz.



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3 comentarios:

Anónimo dijo...

Es la primera vez que visito tu blog, y te felicito por la forma que tienes de escribir...

Te seguire leyendo.^^

Saludos

Anónimo dijo...

soy un amigo de un chiko ke te conoce se llama jorge recomiendo mucho tus escritos y e de decirte ke gracias a el mas de un amigo estamos muy enganchados jajaja pero porfabor sigue porke necesitamos mas, un abrazo y animo nunca abia visto este tipo de cosas de echo ni me gustaba leer... eres un genio

Anónimo dijo...

No se ofenda, estimado colega, pero su prosa es con mucha diferencia, superior a su aspecto ;-)